En Villanueva, Nuevo México, el Centro Comunitario El Valle se encuentra en pleno corazón de la comunidad.
Durante casi tres décadas, el antiguo edificio del colegio ha servido como lugar de encuentro, centro de distribución de alimentos, centro de recursos para la comunidad y un recordatorio de lo que se puede conseguir cuando la gente se une para apoyar a sus vecinos.
Gracias a la combinación del liderazgo local, la dedicación de los voluntarios, la inversión federal y las colaboraciones con la comunidad, el centro se está preparando para su próxima etapa.
Para Patricia Gallegos, la fundadora, ese viaje empezó mucho antes de que el edificio se convirtiera en un centro comunitario. Ya de adulta, Gallegos volvió a Villanueva, donde las raíces de su familia se remontan a varias generaciones. «Mis padres, mis bisabuelos y mis tatarabuelos eran de Villanueva. De pequeña, me pasaba todos los veranos nadando en el río Pecos y jugando con mis primos por todo el valle», cuenta. «Cuando volví, seguí con mi carrera en el ámbito del trabajo social y el servicio público en el Estado de Nuevo México. Casi todos los días, de camino a casa de mis padres, pasaba por delante de esta escuela abandonada».
El edificio me dio una idea.
Mientras cursaba su máster en trabajo social, Gallegos escribió su tesis sobre cómo convertir una escuela abandonada en un centro comunitario. Unos años más tarde, hizo realidad esa idea. En 1998, con el apoyo de una fundación, voluntarios y un montón de vecinos, el Centro Comunitario El Valle abrió oficialmente sus puertas como organización sin ánimo de lucro.
«Empezamos con actividades y programas festivos para los niños», recuerda Gallegos. «Pero la idea siempre fue que sirviera de apoyo a la comunidad y que la gestionara la propia comunidad. Todo lo que hacemos ahora es justo lo que soñábamos». Con el paso de los años, el centro se convirtió exactamente en eso: un lugar donde los vecinos pudieran reunirse, acceder a recursos y apoyarse unos a otros.
Satisfacer las necesidades de la comunidad
En una zona rural donde los recursos pueden ser escasos y las distancias entre los servicios suelen ser considerables, el centro se ha convertido en mucho más que un simple edificio. «Ha habido días en los que han venido 300 personas al banco de alimentos», dice Gallegos. «La necesidad está ahí».
Los retos a los que se enfrenta la región son bien conocidos por muchas comunidades rurales. Las oportunidades económicas pueden ser escasas. Para acceder a los servicios, a menudo hay que hacer largos trayectos en coche. El reciente cierre de la tienda local no ha hecho más que agravar la preocupación por el acceso a los alimentos. «Si no nos cuidamos nosotros mismos, nadie lo hará», dice Gallegos. Esa convicción sigue guiando el trabajo del centro hoy en día.
Una nueva generación de líderes
Una de las personas que está ayudando a hacer realidad esa visión es Jason González, agricultor, emprendedor y miembro de la junta directiva del centro comunitario. Tras años trabajando en la gestión de tiendas de alimentación, González dejó el sector para dedicarse a la agricultura a tiempo completo. Hoy en día, él y su mujer dirigen Bamboo Farms en el rancho Gonzales, cerca de Villanueva, y trabajan para fortalecer los sistemas alimentarios locales en todo el norte de Nuevo México.
A través de su organización, Nuevo México Fresco, González puso en marcha el mercado de agricultores «Tesoros del Valle», que funciona en el centro comunitario y ofrece a los agricultores locales la oportunidad de vender sus productos. «Ha dado a más gente un motivo para dedicarse a la agricultura y cultivar sus tierras», dice González. «Ahora ven una salida para sus productos».
Su visión a largo plazo va más allá de un mercado semanal.
González espera crear un centro regional de distribución alimentaria que ofrezca servicios de almacenamiento, procesamiento y distribución a los productores locales, al tiempo que mejore el acceso de los vecinos a alimentos saludables. La iniciativa cobró aún más urgencia tras el cierre de la tienda «Villanueva General Store», que había prestado servicio a la comunidad durante más de 50 años. «Si ahora quieres productos frescos, tienes que conducir 45 minutos hasta Las Vegas o una hora hasta Santa Fe», explica.
González y otros líderes de la comunidad consideran que el centro es fundamental para hacer frente a esos retos mediante iniciativas de seguridad alimentaria, planes de preparación para emergencias, desarrollo agrícola y una mayor oferta de servicios comunitarios.
Invertir en el futuro
Aunque el centro comunitario lleva décadas prestando servicio a los vecinos de las comunidades históricas de la concesión de tierras de San Miguel del Bado, el mantenimiento de un edificio tan antiguo ha requerido a menudo soluciones creativas y trabajo voluntario. «Llevamos años arreglando el tejado», dice Gallegos. «Haciendo mejoras aquí y allá, en la medida de lo posible».
Eso cambió en 2024, cuando la diputada Teresa Leger Fernández seleccionó el proyecto para que recibiera financiación federal destinada a financiar mejoras fundamentales en las instalaciones. La financiación venía acompañada de un requisito de aportación propia que, al principio, parecía inalcanzable.
La junta directiva y los colaboradores del centro empezaron a recaudar fondos poco a poco. Luego, con el apoyo de Pattern Energy y otros socios, el

Se ha cubierto el déficit restante, lo que ha permitido conseguir más de medio millón de dólares en inversión federal para el proyecto. Las mejoras abordarán necesidades de infraestructura que venían de hace tiempo, como tejados, fontanería, instalaciones eléctricas, ventanas y adaptaciones para cumplir con la normativa. «No podríamos haberlo conseguido sin Pattern Energy. El equipo de Pattern nos ha apoyado muchísimo y se ha mostrado realmente interesado en fortalecer nuestra comunidad».
Para los líderes de la comunidad, el impacto va mucho más allá del propio edificio.
«Esta reforma significa mucho más que unas simples obras», dice Gallegos. «Significa que podemos seguir ofreciendo los servicios que la gente necesita y crear nuevas oportunidades para el futuro».
Un punto de referencia para la comunidad
A medida que avanzan los planes de construcción, la visión del Centro Comunitario de El Valle sigue creciendo. Los planes de futuro incluyen la ampliación de los programas de seguridad alimentaria, espacios de encuentro para la comunidad, recursos para la preparación ante emergencias, iniciativas agrícolas y una mayor capacidad para atender a los vecinos de toda la región.
Tanto para Gallegos como para González, el centro representa algo más grande que cualquier proyecto o mejora en concreto. Es la prueba de que las comunidades rurales pueden crear soluciones por sí mismas cuando cuentan con los recursos y el apoyo necesarios para hacerlo. «El centro siempre ha pertenecido a la comunidad», dice Gallegos. «La gente viene aquí porque es una forma de marcar la diferencia y de sentir que esto es suyo y que tienen autonomía».
Y gracias a décadas de dedicación y a una red cada vez más amplia de colaboradores, el Centro Comunitario El Valle de Villanueva está preparado para seguir prestando servicio al Valle durante muchas generaciones más.
